Comentario de Romanos del Doctor Stanley Clark: INTRODUCCION- 3 PARTE
Diferentes Ediciones
Ya nos hemos referido a dos datos que tienen que ver con la integridad literaria de Romanos, vale decir, el asunto de si tenemos la epístola en la forma en que fue compuesta originalmente. El primer dato es la existencia de un manuscrito griego que omite la referencia a Roma en 1:7 y 15 ; esto puede sugerir la existencia de una edición de la carta sin la referencia específica a creyentes en Roma como destinatarios de la epístola.
El segundo dato es la referencia a los muchos amigos de Pablo que reciben saludos en Romanos 16; para algunos estudiosos parece raro que haya tantas personas conocidas por Pablo en una ciudad en donde no ha estado (Ver arriba.). Estos estudiosos preguntan si no debemos buscar otro destino para esta parte de la carta. Se ha sugerido que posiblemente debe considerarse como una carta de presentación de Febe enviada a Efeso.
A esta evidencia que puede sugerir múltiples ediciones de Romanos es necesario agregar otra que es de carácter textual y bastante complicada. Trataremos de resumirla en forma clara y sacar una conclusión general a la luz de la misma. La carta termina con una hermosa doxología, Romanos 16:25-27. Pero hay algunos manuscritos de Romanos que ubican esta doxología en otros puntos de la epístola. Las posibilidades son las siguientes: (1) ubicarla al final como Romanos 16:25-27 donde está en las ediciones comunes de nuestra Biblia, incluyendo RV y RVA; (2) ubicarla después de 14:23; (3) ubicarla después de 14:23 y al final; (4) ubicarla después de 15:33; (5) omitirla.
El peso de la evidencia es a favor de su ubicación actual al final de la carta. No obstante, es interesante notar que la copia más antigua existente de la epístola, un códice de papiro designado P46 fechado por el año 200 d. de J.C., la coloca después de 15:33. Esta variedad de posibilidades para la ubicación de la doxología es otra evidencia que puede sugerir que hubo más de una edición de la carta en los tiempos tempranos y que las diferencias en los manuscritos existentes con respecto a donde colocar la doxología se debe a las diferentes ediciones.
Se han ofrecido tres hipótesis para explicar:
(1) la falta de “en Roma” en un manuscrito;
(2) los muchos saludos;
(3) las diferentes ubicaciones de la doxología.
La primera hipótesis propone una edición de la carta sin el capítulo 16 (De esta manera se elimina el problema de las muchas personas en Roma que reciben saludos de Pablo.). Esto explicaría la existencia de manuscritos que tienen la doxología después de Romanos 15:33. En este caso, el capítulo 16 no pertenece a Romanos (Podría ser una carta o parte de una carta dirigida a creyentes en Efeso anexada a Romanos.).
La segunda hipótesis propone una edición sin los capítulos 15 y 16. Según esta teoría, en su forma original Romanos consistía de los capítulos 1 al 14. Era una especie de resumen general de la enseñanza de Pablo para su uso en varias circunstancias. No contenía indicación específica de destinatarios ni la información con respecto a la situación del apóstol reflejada en los dos últimos capítulos. Esto explicaría la existencia de manuscritos sin las palabras "en Roma" en 1:7 y 15. Explicaría también la existencia de manuscritos con la doxología después del capítulo 14. Sin embargo, en relación con este segundo aspecto de la evidencia se debe señalar que la información sobre los planes de Pablo empieza recién en 15:14 y no en 15:1. Vale decir, de acuerdo a esta teoría la doxología debe aparecer después de 15:13 en lugar de después de 14:23. Según esta hipótesis, Pablo tomó la carta original y le agregó las referencias a los destinatarios específicos en Roma, información sobre planes futuros y saludos y la mandó a Roma.
La tercera hipótesis dice que el apóstol escribió la carta como está, capítulos 1 al 16, para los creyentes en Roma. De hecho, todos los manuscritos existentes contienen los dieciséis capítulos aun cuando colocan la doxología después del capítulo 14 o después del capítulo 15. Posteriormente se puede haber hecho una o más ediciones sin las referencias específicas a Roma en el capítulo l, sin la información ocasional del capítulo 15 y sin los saludos del capítulo 16. Esta edición resumida puede haber servido como una especie de síntesis de su doctrina.
A la luz de evidencia ya citada que indica puntos en común entre el contenido total de la epístola y la situación en Roma, parece más probable la tercera hipótesis. Los dieciséis capítulos forman una carta coherente que parece responder bien a la situación de Pablo y de los creyentes en Roma. Por lo tanto, lo más probable es que la forma original es la que aparece en nuestro Nuevo Testamento. La existencia de las variantes textuales relacionadas con la ubicación de la doxología puede explicarse por ediciones posteriores o por otros factores en la transmisión del texto. De cualquiera manera y a pesar de la posible existencia de más de una edición de la carta, el consenso general es que esta carta en la forma actual con sus dieciséis capítulos fue enviada por Pablo a Roma. Por lo tanto, es apropiado usar la información en los capítulos 15 y 16 en la comprensión de su contexto histórico y en la interpretación del texto.
La Influencia de Romanos
F. F. Bruce en su comentario sobre Romanos ha destacado de una manera muy vívida la influencia de Romanos en la historia cristiana. Quisiera citar extensamente sus palabras para ilustrar el impacto que el libro ha tenido a través de los siglos de la historia cristiana.
En el verano del año 386 d. de J.C., Aurelio Agustín, nativo de Tagaste en Africa del Norte, y desde hacía dos años profesor de retórica en Milán, lloraba sentado en el jardín de su amigo Alipio; estaba casi persuadido a comenzar una nueva vida, pero le faltaba la resolución final para romper con la vida antigua. Mientras estaba sentado allí, escuchó la voz de un niño cantando en una casa vecina, "Tolle, lege! tolle, lege!" ("¡Toma y lee! ¡Toma y lee!"). Tomando el rollo que estaba junto a su amigo, leyó las primeras palabras que vieron sus ojos: "No con glotonerías y borracheras, ni en pecados sexuales y desenfrenos, ni en peleas y envidia. Más bien, vestíos del Señor Jesucristo, y no hagáis provisión para satisfacer los malos deseos de la carne" (Rom. 13:13b-14). "No leí más," nos dice, "ni había necesidad de leer más. De repente, al final de esta oración, una luz clara inundó mi corazón y todas las tinieblas de duda desaparecieron." Lo que la iglesia y el mundo debe a este influjo de luz que iluminó la mente de Agustín al leer estas palabras de Pablo es algo que está más allá de nuestra capacidad de calcular.
En noviembre de 1515, Martín Lutero, un monje agustino y profesor de teología sagrada en la Universidad de Wittemberg, comenzó a exponer la Epístola a los Romanos a sus alumnos y siguió con el curso hasta setiembre del año siguiente. Al preparar las conferencias, llegó a apreciar más y más la importancia de la doctrina paulina de la justificación por la fe. "Yo deseaba mucho entender la Epístola de San Pablo a los Romanos," escribió él, "pero el único obstáculo era la expresión ‘la justicia de Dios’ porque la entendí como la justicia por la cual Dios es justo y trata a los hombres con justicia al castigar al injusto. . . . Noche y día meditaba en esto hasta que comprendí la verdad de que la justicia de Dios es aquella justicia por la cual él por gracia y misericordia nos justifica por la fe. Desde entonces me sentí renacido y como habiendo pasado por puertas abiertas al paraíso. Toda la Escritura tomó un nuevo significado y mientras antes la justicia de Dios me había llenado de odio, ahora se hizo inexpresablemente dulce para mí en un amor mayor. Este pasaje de Pablo llegó a ser para mi la puerta al cielo." Las consecuencias de este nuevo discernimiento que Martín Lutero recibió del estudio de Romanos están ampliamente escritas en la historia.
En la tarde del 24 de mayo de 1738, Juan Wesley fue de muy mala gana a la reunión de una sociedad en la calle Aldersgate donde se estaba leyendo el prefacio de Lutero a la Epístola a los Romanos. "A las nueve menos cuarto," escribió en su diario, "mientras él describía el cambio que Dios hace en el corazón por fe en Cristo, sentí en mi corazón un extraño calor. Sentí que había confiado en Cristo, sólo en Cristo, para mi salvación; y me fue dada una seguridad de que él había quitado mis pecados, aun los míos y me había salvado de la ley del pecado y de la muerte." Este momento crítico en la vida de Juan Wesley fue el acontecimiento que más que cualquier otro puso en operación el avivamiento evangélico del siglo XVIII.
En agosto de 1918, Karl Barth, pastor en Safenwil, en el cantón de Aargau, Suiza, publicó una exposición de la Epístola a los Romanos. "El lector," dice en el prefacio, "descubrirá por sí que ha sido escrita con un sentido gozoso de descubrimiento. La voz poderosa de Pablo era nueva para mi; sin duda sería nueva para otros también. Y, sin embargo, ahora que mi obra está terminada, percibo que todavía queda mucho que no he escuchado." Pero lo que él había escuchado lo escribió, y la primera edición de su Roemerbrief que cayó "como una bomba en el patio de recreo de los teólogos." Las repercusiones de la explosión están con nosotros todavía.
Es imposible decir lo que puede ocurrir cuando la gente comienza a estudiar la Epístola a los Romanos. Lo que pasó a Agustín, a Lutero, a Wesley y a Barth puso en marcha grandes movimientos espirituales que han dejado sus huellas en la historia mundial. Pero cosas semejantes han ocurrido mucho más frecuentemente a la gente común a medida que llegaban a su corazón con poder las palabras de esta epístola.
Después de haber ilustrado con tanta claridad el impacto de esta carta en la historia, Bruce hace una advertencia: “Que los que han leído hasta aquí estén preparados para las consecuencias de seguir leyendo. ¡Han sido advertidos!" Es imprevisible lo que la lectura cuidadosa y concienzuda de Romanos es capaz de lograr en nuestras vidas y en nuestro mundo.
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