Sorpresas en el juicio (Mat. 25:31-46)
Flores 07/11/10
Hemos estado pensando en las parábolas de Jesús en estos domingos, parábolas que tenían que ver con la salvación, con la sabiduría y con la vida cristiana. Hoy iniciamos una serie de cuatro sermones sobre parábolas cuyo tema es el juicio. En realidad el tema no es el más preferido. No nos gustan las evaluaciones y algunos estamos más sensibles a los efectos de esta realidad de la vida que otros. Sin embargo, Jesús no eludió el tema del juicio y si hemos de ser honestos y responsables como exponentes de su mensaje no podemos dejarlo a un lado.
La primera de estas parábolas sobre el juicio que hemos de estudiar se encuentra en Mateo 25:31-46. Leer el pasaje.
De hecho lo que hemos leído no es precisamente una parábola sino una descripción parabólica del juicio. Esta historia del futuro es profética y habla de lo que va a ocurrir en el juicio. Solamente la manera de describirlo con sus referencias al pastor, a las ovejas y las cabras y a la manera de proceder del pastor son elementos parabólicos. Lo demás es real, no imaginario. Un erudito, A. M. Hunter, se refiere a este pasaje como una de las glorias del Nuevo Testamento.
Hay aspectos del pasaje que representan desafíos para los intérpretes, pero lo esencial podemos afirmar sin ninguna duda. ¿Qué es lo seguro de este pasaje?
I. Habrá un juicio.
“Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, con todos sus ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros, como separa el pastor las ovejas de las cabras” (Mat. 25.31-32, NVI). Jesús nos presenta una descripción de lo que ocurrirá cuando el vuelva. El cuadro es de un rey sentado en su trono para ejercer su autoridad como juez. De hecho, Jesús usa la expresión “el Rey” en el versículo 34 y el 40. Los ángeles lo acompañan como corte real listos para cumplir sus órdenes.
El pasaje recuerda las palabras de Dios a Joel el profeta: “reuniré a todas las naciones y . . . entraré en juicio con ellas” (Joel 3:2, RVR95). En el pasaje de Joel, Dios es quien juzga y aquí es Cristo. Todo el pasaje atribuye a Jesús la autoridad para juzgar que en el Antiguo Testamento sólo pertenece a Dios.
El texto también refleja el lenguaje de Daniel 7:13-14: “Miraba yo en la visión de la noche, y vi que con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre; vino hasta el Anciano de días, y lo hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará; y su reino es uno que nunca será destruido. (RVR95)
Se reunirán delante de él “todas las naciones”, así dicen las versiones e inevitablemente pensamos en estados nacionales y de hecho la interpretación dispensacionalista del pasaje entiende que se refiere a las naciones y su manera de tratar a los judíos. Sin embargo, es la misma expresión que aparece en la gran comisión donde se nos manda hacer discípulas de todas las naciones, es decir, de todos los pueblos del mundo. Todos los hombres de todos los tiempos y de todos lugares estarán delante del Rey para ser juzgado. Nadie quedará eximido.
Si lo pensamos bien, hay una necesidad del juicio final. Este es un mundo de maldad. No todos los pecados son juzgados en este mundo ni son recompensadas todas las buenas obras. Los justos sufren y los malos se escapan de un juicio pleno de sus hechos. Si este es un universo moral, eso es, si el que reina es un Dios justo, entonces debe haber en la eternidad una rectificación de este desequilibrio. La bondad debe prosperar y la maldad debe ser castigada. (Boice)
Aunque es algo en que no queremos pensar. Habrá un juicio. El hombre tendrá que dar cuenta delante de su Creador por la manera en que ha vivido su vida.
II. Habrá una separación.
“Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros, como separa el pastor las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a su izquierda” (Mat. 25.32-33, NVI).
Aunque las naciones son reunidas, los que son separados son individuos como indica la frase “los unos de los otros” no “las unas de las otras”. El género del pronombre traducido “los unos” (masculino en griego como en castellano) indica que no puede referirse a las naciones (término neutro en griego). Se refiere a individuos.
Algunos detalles nos ayudarán a apreciar mejor el cuadro que pinta Jesús. Los pastores de la época solían mantener juntos ovejas y cabras. Característicamente en oriente las ovejas eran blancas y las cabras negras. En ciertas circunstancias era necesario separarlas. Por ejemplo, habría una necesidad de separarlas a la noche cuando había que asegurar que las cabras no pasaran frío que las perjudicaría, algo que no era necesario en el caso de las ovejas con la protección de la lana. Pero deben haber existido otras ocasiones cuando la separación era necesaria o, por lo menos, útil.
John A. Broadus en su comentario sobre Mateo publicado en la segunda mitad del siglo XIX cuenta una experiencia que tuvo en un viaje que hizo a Palestina. En la primera mañana en Palestina vio a un pastor que estaba sacando un rebaño de ovejas blancas y cabras negras. Estaban todas mezcladas siguiéndolo. A poco de haberlas sacado, se detuvo en un pequeño valle verde y se paró mirando al rebaño. Al acercarse una oveja la tocaba con su largo cayado en el lado derecho de la cabeza y la hacía apartarse a su derecha. Tocaba las cabras al otro lado de la cabeza y se iban a su izquierda. Decía Broadus, “Así la figura del Salvador se presentó exactamente delante de mis ojos”.
La idea de la separación de los hombres que ha de acompañar el retorno de Cristo es frecuente en las parábolas que se refieren al fin del mundo. En la parábola de la cizaña un enemigo siembra cizaña en un cultivo de trigo. Se deja crecer juntos el trigo y la cizaña hasta la cosecha cuando habrá una separación entre el trigo y la cizaña (Mat. 13:24-30, 36-43). Jesús aclara que la cosecha es el fin del siglo (Mat. 13:39). En la explicación de la parábola de la cizaña, Jesús dice: “. . . así será en el fin del mundo. Enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, y recogerán de su Reino a todos los que sirven de tropiezo y a los que hacen maldad, y los echarán en el horno de fuego” (Mat. 13:40-42, RVR95).
Semejante es el comentario de Jesús en relación con la parábola de la red barredera que junta peces de toda clase. Los hombres traen la red a la playa y tienen que sentarse y separar los peces que sirven de los que no sirven. “Así será el fin del mundo; saldrán los ángeles y apartarán a los malos de entre los justos, y los echarán en el horno de fuego” (Mt. 13:49-50, RVR95). La separación es entre los “justos” (Mt. 13:43, 49) y otros que se describen como “los que sirven de tropiezo”, “los que hacen maldad” y simplemente “los malos” (13:41, 49).
Jesús está enfatizando la realidad de la separación de las personas en el juicio. Todos vivimos juntos en esta vida, pero en el fin del mundo habrá una separación. Jesús lo ha señalado de manera definitiva.
III. Habrá dos grupos.
El resultado de la separación es la formación de dos grupos: Uno a su derecho, lugar de privilegio y honor y otro a su izquierda. ¿Cuál es la base de la separación? ¿Qué es lo que califica una persona para pertenecer a cada grupo? Aquí llegamos al tema difícil de la interpretación de la parábola.
Déjenme sugerirles que la parábola habla de estos dos grupos en términos de su carácter y de su conducta.
A. Carácter
Hay una diferencia fundamental entre las personas que componen los dos grupos. La naturaleza esencial de las personas en cada grupo es distinta. Esto está señalado por el uso de la oveja y la cabra para caracterizar cada grupo.
Hay algo apropiado en la selección de los animales para representar a cada grupo. Las ovejas normalmente eran blancas y las cabras negras. Con frecuencia en las Escrituras las ovejas representan a los fieles y por naturaleza es símbolo de la inocencia, la mansedumbre, lo que es provechoso. La cabra es símbolo de lo que es obstinado y peleador; se consideraba de valor inferior como ilustran las palabras del hijo mayor al padre: “nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos” (Lc. 15:29, RVR95). Es evidente que la elección de ovejas y cabras para representar a los dos grupos no es arbitraria. Cada animal es particularmente apropiado para representar al grupo correspondiente. Jesús recurre a una escena familiar a sus oyentes para ilustrar el acto de la separación en dos grupos en el juicio de personas que por naturaleza son fundamentalmente diferentes.
Ya hemos notado que en la parábola del trigo y la cizaña y de la red barredera la separación es entre los “justos” (Mat. 13:43, 49) y otros que se describen como “los que sirven de tropiezo”, “los que hacen maldad” y simplemente “los malos” (Mat. 13:41, 49). En esta parábola los de la mano derecha se llaman “los justos” (Mat. 25:37) y los de la mano izquierda se llaman “malditos” (Mat. 25:41) en el sentido del Antiguo Testamento de lo que merece la destrucción, lo que ha sido apartado para la destrucción. DHH traduce “los que merecieron la condenación”. Hay una diferencia de carácter.
B. Conducta
Esta diferencia en su carácter, en su naturaleza, ha dado lugar a una diferencia en su conducta y especialmente en su manera de responder en seis situaciones concretas de necesidad de ciertas personas que Jesús identifica como “uno de estos mis hermanos más pequeños” (Mat. 25:40). ¿Quiénes son “estos mis hermanos más pequeños”? O son los seguidores de Jesús con los cuales él está identificado de manera especial o son todos los necesitados del mundo. Quizás hay razones exegéticas para identificarlos como seguidores de Jesús. Sin embargo, la identificación de Jesús con los necesitados en general nos lleva a pensar que no hacemos mal dar al pasaje una aplicación más amplia. Quizás Pablo nos ha dado el principio rector al decir: “Por lo tanto, siempre que tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe” (Gál. 6.10, NVI).
Los de la mano izquierda no habían servido a Jesús porque no habían respondido a las necesidades de sus hermanos en las mismas seis situaciones. Cada grupo había respondido naturalmente de acuerdo con su carácter, de acuerdo a su naturaleza. La disposición a responder a las necesidades de los demás caracterizó un grupo y la falta de esta disposición caracterizó el otro.
En cada caso hay sorpresa e incredulidad.
Esta idea de una separación entre los hombres más allá del tiempo es una idea rechazada por la sociedad. Históricamente los hombres han creído en la justificación por fe o por obras. Se ha dicho que en nuestra sociedad los hombres creen en la justificación por la muerte. Es decir, se cree que todos van al cielo al morir. Una persona puede no haber pensado en Dios durante la vida y puede no haber asistido a la iglesia y puede haber vivido de cualquier manera, pero en el pensamiento común cuando muera es promovido al cielo. Justificación por la muerte. Todos vamos al cielo. No es esta la enseñanza bíblica.
Habrá dos destinos.
Jesús ejerce su autoridad real en la función de juez. En primera instancia se dirige a los que están a su derecha, lugar de honor y privilegio. Dice: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mt. 25.34, RVR95). La invitación a venir es frecuente en las Escrituras, pero mientras en las otras ocasiones es a venir para descansar (Mt. 11:28) o para recibir la respuesta a las necesidades de la vida (Jn. 7:37; Ap. 22:17) aquí es venir para recibir una herencia.
La idea de que los creyentes son herederos de los favores del Padre es frecuente en el Nuevo Testamento (Ro. 8:17; Gá. 4:6-7; He. 1:14). La intención de Dios desde el principio era darles el reino. Hace pensar en las palabras de Jesús en Lucas: “No temáis manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino” (Lc. 12:32; RVR95).
Jesús en calidad de juez se dirige a los de la mano izquierda y dice: “Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mat. 25.41, NVI). El contraste en el lenguaje en lo que dice a los dos grupos es absoluto:
(1) en un caso la invitación es a venir y en el otro la orden es a apartarse;
(2) en un caso se identifican como los benditos del Padre y en el otro simplemente se llaman malditos, condenados;
(3) en un caso heredan el reino y en el otro van al fuego eterno;
(4) un reino ha sido preparado para los justos, pero el fuego a donde van los condenados no había sido preparado para ellos sino para el diablo y sus ángeles;
(5) los justos van a la vida eterna y los condenados al castigo eterno. Se usa el mismo adjetivo para describir vida de los justos como el castigo de los condenados.
Es difícil pensar en una diferencia más grande en el destino de los dos grupos.
V. Hay dos desafíos.
El pasaje podría interpretarse como indicando que el destino final de los justos depende del servicio que han rendido, es decir, podría verse como enseñando salvación por obras. En realidad, antes de anunciar el juicio hay una separación previa en dos grupos. Los miembros de uno de estos grupos se identifican dos veces como “los justos” (Mt. 25:37, 46).
La enseñanza normativa del Nuevo Testamento es que los hombres son justificados por fe, es decir, son reconocidos como justos por su fe en Dios no por sus obras. Jesús hace explícito este principio en la parábola del fariseo y el publicano (Lc. 18:9-14). El fariseo presentaba a Dios todos sus obras y el publicano simplemente pidió misericordia. Jesús dice que era el publicano que fue a su casa justificado y no el fariseo. Los de la mano izquierda se identifican como “malditos” o “condenados”; es lógico suponer que son “los injustos”, los que no han sido justificados por fe.
Hecha la división en estos dos grupos, Jesús reconoce que hay algo que caracteriza cada grupo como grupo. Los de la mano derecha se caracterizan por hechos de misericordia a sus hermanos más pequeños. Los de la mano izquierda se caracterizan por la falta de estos hechos de misericordia en su vida. Cada grupo hace simplemente lo que correspondía a su carácter como justo o injusto, como justificado o no justificado. No son las obras que justifican a los justos sino su fe en Dios. Las obras son una respuesta al perdón de Dios. Pero la fe que salva es “la fe que obra por el amor” (Gál. 5:6, RVR95).
El motivo del servicio como se ha dicho muchas veces no es para ser salvo, sino porque hemos sido salvos.
La parábola es un desafío a decidir hoy a estar entre los que han sido justificados por su fe. Dos veces el autor de la Carta a los hebreos dice, “Si hoy escuchan ustedes lo que Dios dice, no endurezcan su corazón . . .” (Heb. 3:15, DHH; cf. 4:7).
Hay un segundo desafío para los que conocemos a Cristo, que hemos sido justificados por fe. Es reconocer la presencia de Jesús en sus más pequeños hermanos, sus seguidores y en todos los necesitados alrededor de nosotros. La lista de ejemplos de servicio no debe ser exhaustiva, sino de ejemplos típicos; (1) dar de comer a los hambrientos; (2) dar agua a los que tienen sed; (3) recibir en casa a los extranjeros; (4) proveer ropa para los que la necesitan; (5) atender a los enfermos; (6) visitar a los que están en la cárcel.
Son ejemplos de servicio que todos podemos realizar. No se requiere riqueza, cierta habilidad o inteligencia. Son hechos simples que se pueden realizar todos los días. Como señaló Crisóstomo: “No dijo estuve enfermo y me sanaste o en la cárcel y me libraste, sino que estuve enfermo y me visitaste y estuve en la cárcel y me fuiste a ver”. Aun el creyente más humilde y de menos recursos puede realizar estos actos de servicio. Además, estos actos muy simples de servicio son precisamente ejemplos de la clase de servicio que más demuestra nuestro carácter verdadero.
Quiero desafiarnos a pensar en una persona a quien podemos ayudar en esta mañana, pensar en un solo acto de servicio para uno de los más pequeños, un acto de servicio para Jesús. En el juicio confirmará nuestro servicio la realidad de nuestra fe. La pregunta se ha hecho muchas veces, pero sigue vigente. Si me llevaran a juicio acusado de ser seguidor de Jesús, ¿habría evidencia suficiente para encontrarme culpable de la acusación?
Kennedy: El significado de lo simple. La vida se forma en las cosas comunes. Todos los días es el día del juicio. Nuestra vida se forma por los eventos pequeños. No es el sermón del domingo que representa la mejor predicación, sino la respuesta al pedido de ayuda en el mercado. No es la afirmación elocuente de mi credo que es mi mejor contribución tanto como mi preocupación por los desalentados y desesperados.
D. T. Niles registra una conversación entre un hindú y E. C. Dewick. Decía el hindú: “Ustedes los cristianos nos parecen a nosotros los hindúes como personas ordinarias con pretensiones extraordinarias”. Respondía Dewick: “No tenemos ninguna pretensión con respecto a nosotros sino con respecto a Jesucristo”. Respondió el hindú: “Si su Cristo no ha tenido éxito en hacerlos mejores hombres y mujeres, hay alguna razón para suponer que haría algo más para nosotros si nos hiciéramos cristianos”.
El desafío a reconocer a Jesús en los demás
Lo que el grupo de la derecha y el de la izquierda tienen en común es la sorpresa de no haber distinguido a Jesús en la persona de sus hermanos más pequeños. La sorpresa no es por haber o no haber respondido a los necesitados, sino por no haberse dado cuenta de que Jesús estaba personalmente presente en ellos. Ayudarlos o no ayudarlos era ayudar o no ayudar a Jesús. Es precisamente esta identificación con los necesitados que se presenta en este pasaje como en ninguna otra parte de las Escrituras. Algunos otros pasajes se refieren a esta verdad de manera menos directa (por ejemplo, Mt. 10:40-42; Hch. 9:5-6; He. 6:10), pero ninguno lo hace en forma tan explícita.
Si pudiéramos tener siempre presente esta verdad, ¡como cambiaría la calidad de nuestro servicio! ¡Con cuanta alegría y generosidad serviríamos! Buscaríamos todas las oportunidades posibles de servir.
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