Transformados en la imagen de Cristo
Transformados en la imagen de Cristo
¿Cuál es la meta de la vida cristiana? Cómo creyentes, ¿a qué cosa debemos estar apuntando durante el año que todavía estamos iniciando? ¿En qué debemos estar enfocados?
Según el N. T. la meta final de la experiencia de salvación se sabe desde el principio. Dice Pablo en Romanos 8.29. “Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.” (NVI)
De antemano, antes del comienzo de todo y antes de conocer nosotros a Cristo, Dios nos había predestinado a ser transformados según la imagen de su Hijo. El desafío es como se realiza este objetivo en nuestra vida diaria.
En esta mañana quiero concentrar nuestra atención en un versículo que nos marca el camino para la realización de esta meta en nuestra vida. Es un gran texto que algunos seguidores de Jesús han escogido como texto lema de toda la vida. El texto es 2 Corintios 3.18 que según la BLA dice: “nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu”. (BLA)
Fijémonos en que es un texto de testimonio. Es una afirmación de algo que está ocurriendo en la vida de todo creyente. Al decir al comienzo del versículo “nosotros todos” el apóstol indica que no hay excepciones. Este versículo es aplicable a todos nosotros en esta mañana.
Nuestra vida puede ser transformada a la imagen de Cristo si tenemos en cuenta cuatro factores mencionados en el versículo.
Consideremos en primer lugar el medio o la manera en que podemos ser transformados en la imagen de Jesús. Nuestro texto indica el medio en la frase “contemplando como en un espejo la gloria del Señor”.
I. El medio: “contemplando como en un espejo la gloria del Señor”
Un comentarista afirma, “En la dispensación antigua solamente un hombre, Moisés, miró con la cara descubierto la gloria divina. Pero ahora, en la época del evangelio es el privilegio bendito de todos los que son de Cristo, sean grandes o pequeños, bien conocidos o desconocidos . . . .” (Hughes)
El apóstol Juan declara en Juan 1.18, “A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo unigénito, que es Dios y que vive en unión íntima con el Padre, nos lo ha dado a conocer.” (NIV) En la encarnación Jesús ha dado a conocer la gloria de Dios. Dice Juan en 1.14 que “el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1.14, BLA).
La gloria del Padre se manifestó en la persona de Jesús de Nazaret, el Hijo, y Juan y los otros apóstoles que habían visto esta gloria la registraron en los evangelios.
Por esto Pablo habla en 2 Corintios 4.4 de “la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios”. (RVR95) En el evangelio está la gloria de Cristo quien es la imagen de Dios. En 2 Corintios 4.6 el apóstol declara, “Porque Dios, que ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo”. (NVI) Dios que en la creación hizo que la luz resplandeciera en las tinieblas ha hecho brillar luz en nuestro corazón, una posible alusión a la luz que Pablo vio en el camino a Damasco. Nosotros por el evangelio podemos conocer la gloria de Dios en el rostro del Jesús de los evangelios y es en la contemplación de esta gloria que somos transformados en la imagen de Jesús.
Las Escrituras afirman que nadie puede contemplar directamente la gloria de Dios como no se puede mirar directamente el sol. Pero en la persona de Jesús, en el rostro de Jesús en el evangelio podemos contemplar la gloria del Señor, pero dice nuestro texto que lo hacemos “cómo en un espejo”. Es decir, lo contemplemos de una manera atenuada, velada como en un espejo antiguo donde la imagen no era nítida porque no se trataba de un espejo de vidrio sino de metal pulido.
Erasmo editó el primer N. T. griego impreso y publicado en 1516. Escribió en el prefacio. “Estas páginas sagradas recordarán al lector la imagen viviente del Señor . . . . Presentarán a Cristo en una intimidad tan estrecha que él sería menos visible al lector si estuviera presente en persona”. Las palabras de Erasmo pueden parecer una exageración, pero lo cierto es que por las Escrituras podemos contemplar la gloria del Señor.
La posibilidad de contemplar la gloria del Señor en las Escrituras presupone una lectura constante de la Biblia. ¿Hemos iniciado el año con un programa de lectura diaria de la Biblia? Si no lo hemos hecho, creo que el paso más importante que podemos dar es establecer en este día un plan de lectura diaria de la Biblia en 2022.
La práctica de la contemplación es extraña en nuestra época. El ritmo de la vida no deja tiempo para la contemplación. Además, la imagen de Jesús en los evangelios tiene demasiada competencia por la inundación de las imágenes de los diferentes medios, imágenes que distraen nuestra atención a otras cosas. La imagen de Jesús queda desplazada.
El primer factor que menciona nuestro texto para ser cambiado en la imagen de Jesús es el medio, la contemplación como en un espejo de la gloria del Señor.
Consideremos en segundo lugar el proceso de nuestra transformación en la imagen de Jesús: “estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria”
II. El proceso: “estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria”
Hay tres declaraciones con respecto al proceso.
A. Es un proceso: “estamos siendo transformados”
La oración describe una acción en proceso. No ocurre en forma instantánea. Es un proceso que ocupa toda nuestra vida. Siempre estamos buscando atajos en la vida espiritual, pero en la transformación de nuestra vida a la imagen de Jesús no hay atajos.
El término traducido “transformados” es el mismo verbo que se usa en el relato de la transfiguración de Jesús (Mat. 17:2; Mar. 9:2) y en la exhortación de Rom. 12:2 a no conformarnos al mundo sino a transformarnos por medio de la renovación del entendimiento. De este verbo se deriva la palabra castellana “metamorfosis”. Hay un proceso de transformación que es absoluta, un cambio fundamental de nuestra forma de ser.
B. Es por etapas: “de gloria en gloria”
Es por etapas: “de gloria en gloria”. Es decir, “de un grado de gloria a otro” (RSV y NRSV). NVI dice que es “con más y más gloria”. DHH: “cada vez tenemos más de su gloria”. Biblia del Peregrino: “con esplendor creciente”. Mientras en el caso de Moisés el resplandor se iba extinguiendo en el caso del creyente cada vez hay más de su gloria en su proceso de transformación.
C. Es con un resultado final: “en la misma imagen”
Es con un resultado final terminado, “en la misma imagen”. Como vimos en la introducción, antes de nuestra conversión la meta de Dios para cada hijo suyo es conformidad a la imagen de su Hijo.
El resultado definitivo ocurrirá cuando Cristo vuelve como declara 1 Juan 3:2: “Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es.” (RVR95)
La transformación a la imagen de Jesús terminada se logra por un proceso que pasa por etapas y termina en gloria cuando se recupera la imagen de Dios en el hombre que se había distorcionado en la caída del hombre. Esta es la esperanza del creyente como afirma Pablo en Romanos 5.2: “nos regocijamos en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios”. (NVI)
Resumir el cuento “El gran rostro de piedra” de Nathaniel Hawthorne, escritor norteamericano del siglo XIX .
Y cuanto más se alejaba uno de ellas más se asemejaban a una cara humana, con toda su divinidad original intacta, hasta que, a medida que su visión se iba debilitando con la distancia, con las nubes y el
glorificado vapor de las montañas a su alrededor, el Gran Rostro de Piedra parecía absolutamente vivo. Era una inmensa suerte para los niños el hecho de crecer hasta convertirse en hombres o mujeres teniendo el Gran Rostro de Piedra ante sus ojos. Porque todos sus rasgos eran nobles y la expresión era a la vez augusta y dulce, como si fuera el reflejo de un corazón grande y cálido que acogía a toda la humanidad con su afecto y que aún tenía sitio para más. Tan solo mirarlo era ya en sí toda una educación. Según la creencia de muchas personas el valle debía mucha de su fertilidad a ese benigno
aspecto que continuamente irradiaba sobre él, iluminando las nubes y comunicando su ternura a los rayos del sol. Como habíamos empezado antes a decir, una madre y su hijo pequeño estaban sentados a la puerta de su cabaña mirando al Gran Rostro de Piedra y hablando de él. El niño se llamaba Ernesto.
—Madre —dijo, mientras el titánico rostro le sonreía—. Me gustaría que pudiera hablar, porque tiene un aspecto tan amable que su voz por fuerza tiene que ser agradable. Si alguna vez viera a un hombre con una cara como ésa, le querría muchísimo.
—Si se cumpliera una vieja profecía —comentó su madre—, podríamos ver a un hombre, antes o después, con una cara exactamente igual que ésa.
—¿A qué profecía te refieres, querida madre? —preguntó Ernesto con avidez—. ¡Cuéntamelo todo, por favor!
Y entonces su madre le contó una historia que su propia madre le había contado cuando ella misma era más joven aún que el pequeño Ernesto. Una historia, no de cosas pasadas, sino de lo que todavía tenía que venir. Una historia, no obstante, tan vieja que incluso los indios, que antes habían vivido en este valle, la habían oído de sus antepasados, a los que, según ellos mismos afirmaban, se la habían murmurado
los arroyos de la montaña y susurrado el viento entre las copas de los árboles. El asunto era que, algún día en el futuro, nacería en aquella región un niño que estaría destinado a convertirse en el personaje más grande y noble de su tiempo, y cuyas facciones, al convertirse en hombre, tendrían un parecido exacto con el Gran Rostro de Piedra.
Consideremos en tercer lugar el agente de la transformación.
III. El agente: “como por el Señor, el Espíritu”
El agente del proceso de transformación que Pablo viene describiendo es “el Señor, el Espíritu”. Más clara es la traducción de la NTV: “el Señor, quien es el Espíritu, nos hace más parecidos a él”, eso es, a Cristo. El que logra nuestra transformación en la imagen de Jesús es el Espíritu Santo. Como en todo el N. T. la obra de santificación en la vida del creyente la realiza el Espíritu. Es su obra y no la nuestra. Sin embargo, nuestra conformidad es necesaria; él no lo hace en contra de nuestra voluntad. Él hará la obra cuando nos sometemos a lo que él quiere hacer en nosotros.
Consideremos en cuarto lugar el impedimento que el apóstol menciona al principio de nuestro texto.
IV. El impedimento: “nosotros todos con el rostro descubierto”
Dice Pablo “nosotros todos, con el rostro descubierto” contemplamos como en un espejo la gloria del Señor. En lugar de “con el rostro descubierto” DHH dice “sin el velo que nos cubría la cara”. Esta traducción hace explícito la alusión que Pablo está haciendo en este capítulo a una experiencia en la vida de Moisés que se cuenta en Éxodo 34. En aquel relato se dice que después de haber estado Moisés en comunión con Dios en el monte Sinaí su rostro resplandecía. El pasaje dice que al ver Aarón y todo el pueblo como el rostro de Moisés quedaba resplandeciente después de hablar con Dios “tuvieron temor de acercarse a el” (Ex. 34.30, NBH).
Después de estos encuentros Moisés cubría su cara con un velo. Aunque el pasaje no precisa por qué usaba el velo, uno puede pensar que se debía a este miedo del pueblo cuando brillaba su rostro. Pero Pablo entiende que el motivo de Moisés era otro. Dice en 2 Corintios 3.13 que “Moisés . . . se ponía un velo sobre el rostro para que los israelitas no vieran el fin del resplandor que se iba extinguiendo”. (NVI) El velo servía para ocultar de los israelitas cómo con el correr del tiempo se iba desvaneciendo la gloria de su rostro.
Pablo toma el velo de Moisés como una ilustración del impedimento que tenían los judíos para comprender el A. T. (“el antiguo pacto”, 3:14). Había un velo que cubría su corazón dice en 2 Corintios 3:15 y no entendían el mensaje de Dios. Según Pablo Cristo es quien puede quitar este velo (3:14), este impedimento. Dice el apóstol que “cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado”. (2 Cor. 3.16, NVI).
Para el inconverso hoy como para los judíos en el día de Pablo la Biblia es incomprensible. Pero cuando uno se vuelve al Señor, Cristo quita el velo y puede leer las Escrituras con entendimiento. La invitación de volver al Señor es la invitación básica del evangelio a todo hombre. Este mensaje de arrepentimiento, de volver a Dios, es el mensaje de Juan el Bautista y de Jesús. Fue anticipado por la invitación de Dios al pueblo registrados por el profeta Malaquías. “Vuélvanse a mí, y yo me volveré a ustedes —dice el SEÑOR Todopoderoso—.” (Mal. 3.7, NVI)
Todo hombre necesita cambiar la dirección de su vida. Esto es lo que significa el arrepentimiento. Nos hemos alejado de Dios. Debemos dar vuelta en el camino y volver hacia Dios. ¿Ha hecho esto? Es la decisión más importante de la vida. Sin esta experiencia de cambio fundamental de ruta nadie verá a Dios. De esta manera se quita el velo que impide nuestra comprensión de las Escrituras. Si está dispuesto a hacer esto esta mañana 2022 será el mejor año de su vida.
Pero me parece que aun para nosotros que nos hemos arrepentido y hemos vuelto a Dios a veces hay velos que impiden nuestra comprensión plena de la Biblia, cosas en nuestra vida que encubren de nuestra vista el sentido de la Palabra de Dios. A veces el resentimiento, el enojo, la amargura, los celos, un espíritu no perdonador, nuestras adicciones sirven como un velo, un impedimento en la comprensión de las Escrituras. Les invito a orar conmigo palabras que con frecuencia cantamos.
De gloria en gloria te veo
Cuanto más te conozco
Quiero saber más de Ti
Mi Dios, cuan buen alfarero
Quebrántame, transfórmame
Moldéame a Tu imagen, Señor
Quiero ser más como Tú
Ver la vida como Tú
Saturarme de tu Espíritu
Y reflejar al mundo tu amor
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