Las bienaventuranzas: Primer grupo
El miércoles pasado meditamos en las bienaventuranzas como grupo. En su conjunto describen como debe ser la vida de todo discípulo de Cristo. Cada bienaventuranza no representa un grupo diferente, sino una cualidad que debe expresarse en la vida de todo creyente. Esta noche nos concentramos en las primeras tres.
Mateo 5.3-5 (NBH)
“Bienaventurados (Felices) los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos. (Mat 5:3 NBH) Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados. (Mat 5:4 NBH) Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra. (Mat 5:5 NBH)
La primera
“Bienaventurados (Felices) los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos. (Mat 5:3 NBH)
Lucas dice simplemente, “Bienaventurados ustedes los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.” (Luc. 6.20, NBH). Según Lucas son bienaventurados por ser pobres, pero en Mateo es por su pobreza espiritual. Son los que reconocen su pobreza espiritual. Se dan cuenta de que espiritualmente son pobres. Se dice que al morir Lutero dijo, “Todos somos mendigos espirituales”.
¿Qué sería el opuesto de esta bienaventuranza? Orgullo, auto suficiencia. Es la actitud del fariseo en contraste con la actitud del publicano.
Su bendición es el reino de los cielos. Esta bendición se repite en la octava bienaventuranza, la última. Su repetición sirve como una especie de apertura y cierre de la lista. Es precisamente a los pobres en espíritu que pertenece el reino de los cielos o el reino de Dios según Lucas. El bien de más valor es de los pobres en espíritu. Los billones de dólares de Bill Gates no pueden compararse con la posesión del reino. Parecen pobres; en realidad son de los más ricos de todos.
Preguntas.
¿He llegado al punto donde puedo admitir a otros que no tengo todas las respuestas? ¿Soy capaz de confesar lo que me falta? ¿Qué es lo que necesito de Dios y de los otros? ¿Puedo reconocer ante otros donde estoy espiritualmente pobre?
La segunda
“Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados.” (Mat 5:4 NBH)
No se identifica explícitamente el motivo de su llanto. Me parece legítimo asociar la segunda bienaventuranza con la primera y pensar que uno de los motivos para llorar es su angustia por su pobreza espiritual. Uno puede advertir la realidad de su pobreza espiritual sin necesariamente arrepentirse por ella, sin ser afectado emocionalmente. Sin embargo, en el caso de los de la segunda bienaventuranza la pobreza espiritual provoca angustia. De esta manera combinando la primera y la segunda tenemos un cuadro de arrepentimiento: Conciencia del pobreza espiritual y aflicción por ella.
Es también posible pensar que el motivo de llorar puede ser la pobreza espiritual de aquellos a quienes conocemos y por quienes nos preocupamos.
Otro motivo para llorar es el sufrimiento físico del mundo. La guerra, el hambre, la enfermedad, las adicciones. Quizás no debemos excluir ninguna de estas posibilidades como motivos legítimos de los que lloran. Su pobreza espiritual, la de otros y el sufrimiento que afecta nuestro mundo son justificaciones para llorar.
Uno piensa en las dos ocasiones que se mencionan en los evangelios cuando Jesús lloró: La tristeza provocada por la muerte de Lázaro y al final de su vida al pensar en el sufrimiento que sería provocado por la destrucción de la ciudad de Jerusalén por los romanos en el 70 del siglo I.
¿Qué sería el opuesto de esta bienaventuranza? En la larga lista de pecadores en Romanos 1 Pablo menciona como culminación personas que son “insensibles, despiadados” (Rom 1:31 NVI). Otra versión traduce los “sin afecto, sin compasión”. (Rom 1:31 CAB). El primero de los términos vuelve a aparecer en la descripción del carácter de los hombres en los últimos tiempos en 2 Tim. 3.3 donde NVI también traduce “insensibles” y RVA “sin afecto natural”. El opuesto de la segunda bienaventuranza sería haber perdido la capacidad de llorar por mi situación y por la de los demás. El acto de llorar no significa siempre un castigo, puede ser una bendición.
La recompensa es que serán consolados. Esto es cierto ya en esta vida en alguna medida. Dios nos ayuda a sobrellevar el llanto. Sin embargo, la plenitud de este consuelo espera la venida de Jesús quien enjugará toda lágrima (Apo. 21.4).
Preguntas:
¿Soy capaz de mostrar mis emociones? ¿Expreso mis sentimientos? ¿Puedo sentir profundamente mis necesidades y las de los demás? ¿Me atrevo a pedir para mí la bendición de los que lloran?
La tercera
“Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra.” (Mat. 5:5, NBH).
Así es la traducción de la mayoría de las versiones castellanas (NVI, DHH, LA y NTV). En lugar de “humildes” RVR95 tiene “mansos” (también RVA).
No hay un paralelo con esta bienaventuranza en Lucas. Es el único punto de coincidencia específica entre la lista de las bienaventuranzas y la lista del fruto del Espíritu en Gálatas 5.22-23. Uno de los nueve términos en la lista es “la mansedumbre”.
Esta es una de las bienaventuranzas más difíciles de comprender quizás por dos motivos. En primer lugar, hay una mansedumbre falsa que rechazamos instintivamente. La gente asume el rol de manso como una manera de llamar la atención, para que otros los feliciten. Podemos ser orgullosos de nuestra humildad.
En segundo lugar, no queremos ser mansos. Queremos ser fuertes, independientes. Somos como el niño cuya madre insistía en llamarlo “su pequeña ovejita”. Al fin un día dijo, “Mamá no quiero ser tu pequeña ovejita, quiero ser tu pequeño tigre”.
La recompensa de heredar la tierra de esta bienaventuranza viene del Salmo 37.11 que dice que “los mansos {en contraste con los malos} heredarán la tierra” (RVR95). Los primeros diez versículos del salmo describen en detalle como son los mansos que heredarán la tierra.
Como dice A. M. Hunter: “La mansedumbre es el temperamento de la persona que se entrega con toda confianza a la buena voluntad de Dios. Este hombre no reacciona con enojo, bronca y fastidio frente a las heridas y los odios de los hombres. Es la virtud presente en Jesús quien era “manso y humilde de corazón” (Mat 11:29 R95)
La mansedumbre tiene dos esferas de referencia de acuerdo con quien estamos manifestando humildad. Puede referirse a nuestra relación con Dios o nuestra relación con los demás y cambia de sentido según caso. Esta noche nos concentramos en la primera esfera, la de nuestra relación con Dios. En cuanto a nuestra relación con Dios es aquella disposición de entregar todo en sus manos esperando en su fidelidad y su amor. Esto llamamos fe.
Es sugestivo pensar en una progresión en estas tres bienaventuranzas iniciales. La primera bienaventuranza es del pobre en espíritu, el que reconoce su pobreza espiritual, su pecaminosidad. La segunda bienaventuranza es del que llora. Su pecaminosidad lo lleva al llanto por su condición espiritual, a la desesperación al saber que es incapaz de cambiar su situación. La tercera bienaventuranza es de los humildes, los mansos. Como dice Hunter es la bienaventuranza de la persona que se entrega con toda confianza a la buena voluntad de Dios, aquel que ha llegado a la total dependencia de Dios para el perdón de los pecados y la salvación.
Tomando las tres juntas describen la manera de llegar a conocer a Dios, la manera de ser salvo. Es por donde todo empieza en la relación con Dios y es apropiado que sean las primeras tres bienaventuranzas. En esta noche lo más importante es preguntarnos si hemos pasado por estos tres pasos: Primer, el paso de reconocerme como espiritualmente pobre, eso es reconocerme como pecador; segundo, el paso de llorar por la angustia que provoca mi pecaminosidad; tercero, el de ser humilde y entregarme en plena confianza en manos de Dios para la salvación.
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