ROMANOS 7 C. Vida libre del señorío de la Ley (7:1-25). Parte IV
14 Porque sabemos que la ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido a la sujeción del pecado. La partícula de transición "porque" indica que lo que Pablo va a decir ahora es apoyo lógico de la declaración del versículo anterior. La afirmación que el apóstol hace es de conocimiento general: "sabemos que la ley es espiritual". El ha dicho que la ley es santa, justa y buena (7:12). Ahora agrega que es espiritual, una referencia a su origen y naturaleza divinos. Es también cierto que su comprensión requiere iluminación espiritual y su cumplimiento, recursos espirituales.
La palabra traducida "carnal" describe al hombre en términos de su distancia de Dios y de su debilidad frente a la tentación. Es el sentido teológico-ético característico del término en muchos pasajes en los escritos paulinos (ver 7:5). Indica la naturaleza humana común sin pensar en los recursos de la gracia. En ciertos contextos describe al creyente desfavorablemente con respecto a su inmadurez y egoísmo (1 Cor. 3:1). Aquí "carnal" indica que mientras sigue la existencia física del cristiano hay algo dentro suyo que se resiste a someterse plenamente y continuamente a la ley de Dios. En 8:9 Pablo usará el sustantivo "carne" para caracterizar la vida del inconverso y declarará que el creyente no está en la carne (8:9). Evidentemente el sentido es distinto al sentido que tiene aquí.
La debilidad del creyente frente a la tentación a pecar se expresa fuertemente. El dice literalmente "vendido bajo el pecado". Es la imagen del mercado de esclavos (NVI: "vendido al pecado como un esclavo"; BJ: "vendido al poder del pecado"). En el capítulo 6 Pablo ha hablado de la emancipación del pecado (6:20 y 22). Entonces ¿cómo puede decir ahora que el creyente es "vendido al pecado"? Es uno de los elementos exegéticos que más fuertemente apoya el enfoque que entiende que el apóstol está hablando de la experiencia de un inconverso. Es cierto que el creyente ha sido librado del dominio del pecado (6:12 y 14); sin embargo, no puede librarse de la influencia del pecado mientras siga su existencia física.
En este versículo y en toda esta parte de Romanos Pablo expresa una importante verdad de la experiencia cristiana. El creyente puede y debe avanzar en el desarrollo de su carácter cristiano, pero en esta vida no llegará a la perfección e inevitablemente seguirá pecando. Se ha dicho que cuando cristianos no toman en cuenta este hecho representan un peligro especial para los demás y para ellos mismos.
15 Porque lo que hago, no lo entiendo, pues no practico lo que quiero; al contrario, lo que aborrezco, eso hago. La partícula de transición lógica, "porque", indica que lo que sigue en los versículos 15 al 23 es una explicación de lo que significa la frase "vendido a la sujeción del pecado" del versículo 14. El verbo traducido "hago" enfatiza la realización efectiva del acto (NBE: "realizo"; BJ: "mi proceder"). Pablo no comprende, no puede explicar su manera de proceder. Algunos intérpretes aquí aceptan el sentido "no apruebo mi modo de proceder".
Hay una situación contradictoria en su vida. Pablo no hace lo que quiere y, en cambio, hace lo que detesta. Es precisamente en la vida de la persona que conoce la ley de Dios y en cuya vida obra el Espíritu que se libra la lucha contra la naturaleza humana caída. No es que nunca hace el bien o que continuamente hace el mal; es más bien la imposibilidad de ser siempre plenamente obediente y de resistir siempre la tentación que le aflige y aflige a todo creyente sincero.
16. Y ya que hago lo que no quiero, concuerdo con que la ley es buena. Pablo hace lo que es en contra de su propia voluntad. Esto puede parecer una contradicción lógica, sin embargo todo creyente es consciente de que precisamente esta clase de conflicto se desarrolla dentro de su persona. Al hacer Pablo lo que no es su intención hacer y al hacer precisamente lo que la ley condena, él está reconociendo la validez de la ley. Sabemos que este sentir profundo de lo que uno debe hacer como creyente es producto de la obra del Espíritu Santo dentro de la personalidad del hijo de Dios. Pero el obrar del Espíritu no es por imposición sino respetando la personalidad del creyente; de modo que Pablo afirma que él mismo es autor de la acción señalada por los verbos en primera persona singular: "quiero" y "concuerdo".
17. De manera que ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que mora en mí. Pablo no define a qué se refiere el pronombre representado por la palabra "lo"; pero parece claro que está refiriéndose a lo que la ley prohibe, eso es, el "lo que no quiero" del versículo anterior. Esta declaración no es una justificación de los actos del apóstol, sino el reconocimiento del poder del pecado residente en él. El pecado se personifica como un intruso que se ha radicado dentro de su personalidad a quien es difícil sacar. El autor de los hechos no es el verdadero Pablo, sino el pecado que está todavía presente. "Es el pecado que está dentro de mí, que es más fuerte que yo, el que me hace cometer perversidades" (BAD).
18a Yo sé que en mí, a saber, en mi carne, no mora el bien. Versículos 18 al 20 repiten esencialmente el pensamiento de los versículos 15 al 17 pero con la diferencia de que en los versículos anteriores el énfasis está en que Pablo hace lo que no quiere hacer, mientras ahora está en que no hace lo que quiere hacer.
La frase "en mí" requiere una aclaración ya que es evidente que en el creyente mora algo bueno como, por ejemplo, el Espíritu Santo (Ver 8:9.). Por eso Pablo limita el significado de la frase al decir "a saber, en mi carne". Parece claro que aquí "carne" se refiere a toda la naturaleza del hombre natural, todas sus capacidades normales sin la asistencia del Espíritu de Dios. No se refiere específicamente a su naturaleza pecaminosa, a sus "bajos instintos" (así NBE). El bien en el sentido de capacidad para hacer lo que agrada a Dios no es alcanzable con depender solamente de los recursos de la naturaleza humana.
18b Porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Esta declaración no quiere decir que el creyente nunca logra más que desear el bien. Quiere decir que lo que hace nunca corresponde plenamente a lo que desea hacer. Descubre que aun sus mejores acciones, las que más se acercan a lo que él desea hacer, no alcanzan el ideal y están contaminadas por su egoísmo.
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