ROMANOS 8 D. Vida en el Espíritu (8:1-39) parte VI
14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. “Porque” indica una relación lógica de este versículo con 13b y puede entenderse como una especie de explicación del versículo anterior. Precisamente son los que “se dejan guiar por el Espíritu de Dios” (BI) que hacen morir las prácticas de la carne por el Espíritu. El verbo es pasivo y, como en el versículo anterior, el Espíritu es el agente; el creyente se deja ser conducido (LPD) o llevado (BC, NBE) por el Espíritu. El comentario de Cranfield es acertado. “El hacer morir por el Espíritu cada día y cada hora los designios y los proyectos de la naturaleza pecaminosa es asunto de ser guiado, dirigido, impulsado, controlado por el Espíritu.” Agrega que aunque la participación activa del creyente está involucrada, es fundamentalmente obra del Espíritu.
Al final del versículo Pablo indica que el vivir del que hace morir las prácticas de la carne (13b) es vivir como un hijo de Dios. Morris dice que el ser conducido por el Espíritu es una señal distintiva de todo creyente, no una bendición optativa por unos pocos cristianos avanzados. Cita las palabras de Earle: “Estos no solamente pertenecen a la familia de Dios, sino que se portan como miembros de la familia”.
15 Pues no recibisteis el espíritu de esclavitud para estar otra vez bajo el temor, sino que recibisteis el espíritu de adopción como hijos, en el cual clamamos: “¡Abba, Padre!” “Pues” es la traducción de la misma partícula de transición lógica que en los dos versículos anteriores se traduce “porque”. Aquí sirve para confirmar y clarificar lo dicho en el versículo 14. La palabra pneuma aparece dos veces en el versículo y los traductores de RVA eligen en los dos casos escribirla con minúscula indicando que se refiere a una disposición humana(así también BLA, BJ, LPD y RV60). Otras versiones (por ejemplo, BI, NBE BC, DHH, NVI y RV95) la escriben en el primer caso con minúscula y en el segundo caso con mayúscula, interpretándola en este caso como una referencia al Espíritu Santo. Algunos comentaristas entienden que en los dos casos se refiere al Espíritu (Cranfield, Murray, Morris); en el primer caso indica lo que el Espíritu no es y en el segundo lo que es.
En dos otros pasajes Pablo hace un contraste semejante: “Y nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que procede de Dios” (1 Cor. 2:12); “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Tim. 1:7). Tres declaraciones que siguen el mismo patrón, primero se describe el espíritu que no hemos recibido y después el Espíritu que hemos recibido. Por un lado, hay esclavitud, mundanalidad y miedo o cobardía, por el otro, adopción, conocimiento de Dios (ver 1 Cor. 2:12c), amor, poder y dominio propio.
El verbo “recibisteis” en tiempo pasado se refiere al momento de la conversión. La esclavitud a que se refiere debe ser la del pecado y de la muerte (8:2) que coloca al hombre de nuevo bajo el régimen del temor (comp. Heb. 2:14-15). En cambio, ellos han recibido el Espíritu de adopción, eso es, el Espíritu que efectúa la adopción. Parece claro que aquí la referencia es al Espíritu Santo. El término adopción aparece cinco veces en el Nuevo Testamento siempre en las epístolas de Pablo (8:23; 9:4: Gal. 4:5; Ef. 1:5); refleja una práctica común entre los griegos y los romanos y no entre los judíos. Sin embargo, Cranfield advierte que, aunque los judíos no practicaban la adopción en el sentido legal, la costumbre de tomar el hijo de otro y criarlo como si fuera propio no se desconocía entre ellos. Además, a la luz de ciertos textos del Antiguo Testamento (por ejemplo, Gen. 15:2-4; Exo. 2:10; 4:22 y sgs.; Est. 2:7; 2 Sam. 7:14; 1 Crón. 28:6; Sal. 2:7; 89:26 y sgs.; Jer. 3:19; Ose 11:1; comp. Rom. 9:4)), no se debe explicar la metáfora solamente en términos de su trasfondo en el mundo greco-romano.
El concepto de adopción sirve para comunicar la idea de recibir los derechos y privilegios plenos de hijo en una familia a la cual uno no pertenece naturalmente. A pesar de no tener ningún derecho a pertenecer a la familia de Dios, el creyente es admitido a la misma de pura gracia y recibe todos los derechos correspondientes (v. 17). Además, el término sirve para distinguir entre los que fueron hechos hijos por un acto de gracia y el hijo único del Padre (Notar “su propio Hijo” en versículos 3 y 31.). Bruce cita las palabras de Juan Wesley con respecto a su conversión que, según él, ocurrió cuando "cambió la fe de un esclavo por la fe de un hijo”.
Pablo termina el versículo afirmando que en este Espíritu clamamos: “¡Abba, Padre!” El uso de la primera persona indica que el apóstol se incluye en la experiencia a que se refiere. Seguirá con la primera persona hasta el final del capítulo. Quizás sorprende el uso del verbo traducido “clamamos” que significa “gritar” (así NBE). Sin embargo, el verbo se usa unas cuarenta veces en los salmos para referirse al acto de clamar a Dios en oración; es una expresión de sentimientos fuertes. Con Cranfield lo tomamos aquí como “un clamor urgente y sincero dirigido a Dios”. La observación de Denney es apropiada: “Recibimos no solamente el estatus de hijos sino también el corazón de hijos”.
El uso de la palabra aramea “Abba” es significativo (Aparece también en Mar. 14:36 y Gál. 4:6.). Según Cranfield, aunque se usaba originalmente por los niños para dirigirse a sus padres, ya para la época de Jesús no se limitaba al uso por los niños. Sin embargo, su origen casero y afectivo se retenía y no se usaba en el judaísmo para dirigirse a Dios. Parece claro que es el término que usó Jesús al dirigirse al Dios en oración y es el término que el enseñó a sus discípulos a usar para referirse a Dios Padre. Morris sugiere que antes de empezar a dirigirnos a Dios con términos demasiado familiares quizás debemos tener en cuenta que el padre en una familia del primer siglo seguía siendo una figura augusta con una autoridad casi absoluta. Sin lugar a duda, el gran valor del término se debe a que sugería intimidad y afecto. El creyente debe dirigirse a Dios de una manera que reconoce tanto su cercanía y accesibilidad como su trascendencia y magnificencia.
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