ROMANOS 8 D. Vida en el Espíritu (8:1-39) parte XIV
33 ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? El que justifica es Dios. La cuarta pregunta retórica nos introduce explícitamente a un escenario jurídico. El verbo traducido “acusar” es el término técnico para “presentar acusaciones”. Los únicos otros ejemplos en el Nuevo Testamento se encuentran en Hechos y en todos los casos el término se usa en el contexto de juicios (Hech. 19:38, 40; 23:28-29; 26:2, 7). NBE y BI traducen: “¿Quién será el fiscal de los elegidos de Dios?” La pregunta retórica equivale a una declaración enfática de que nadie se atreverá a acusarlos porque “Dios es quien los declara libres de culpa” (DHH). Ni Satanás, cuyo nombre significa “acusador” (Ver Job 1 y 2; Zac. 3:1; Apoc. 12:10.), se atreverá a hacerlo. Bruce sugiere que una buena ilustración del Antiguo Testamento del texto es el silencio de Satanás en el corte celestial cuando Dios pronuncia su aceptación de Josué el sumo sacerdote (Zac. 3:1 y sgs.).
34a ¿Quién es el que condenará? Sigue el lenguaje forense. El texto de Isaías 50:8-9 está reflejado en la declaración del apóstol. “Cercano está a mí el que me justifica. Comparezcamos juntos. ¿Quién es el adversario de mi causa? Acérquese a mí. He aquí que el Señor Jehová me ayudará: ¿quién me podrá condenar?” Ciertamente Dios no se pondrá de fiscal para acusar a los suyos. Si no hay nadie que presenta acusaciones en contra, entonces, ¿qué juez puede dar fallo en su contra? “¿Quién se atreverá a condenarlos?” (LPD). La respuesta implícita a la pregunta retórica es, “¡Nadie!”.
34b Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó; quien, además, está a la diestra de Dios, y quien también intercede por nosotros. Algunas versiones interpretan la segunda oración del versículo como una pregunta. “¿Será acaso Jesucristo . . . ?” (LPD; también BJ). Pero el consenso de traductores y comentaristas es entenderla como una declaración como se interpreta en RVA. Cristo podría constituirse en juez para condenarnos ya que el Padre ha encomendado al Hijo todo juicio (Juan 5:22; comp. 1 Cor. 5:10). Pero el Hijo en lugar de ser nuestro juez es un amigo en el corte para interceder a nuestro favor.
Hasta este punto el énfasis ha estado en la disposición favorable del Padre que entregó a su propio Hijo a morir por nosotros. Ahora el énfasis se traslada a la disposición favorable del Hijo. Se enumeran cuatro pasos en la obra redentora de Cristo: (1) murió; (2) aun más (“todavía más”, DHH), fue resucitado; (3) además, está a la diestra del Padre; (4) y intercede por nosotros.
El lenguaje del Salmo 110:1 está reflejado en la declaración de que Cristo está a la diestra del Padre (Es el versículo del Antiguo Testamento más citado en el Nuevo Testamento.). Las muchas referencias a Cristo a la diestra del Padre (Hechos 2:33; 5:31: 7:55-56; Ef. 1:20: Col. 3:1: Heb. 1:3; 8:1; 10:12; 12:2; 1 Ped. 3:22) confirman el lugar importante que se asigna a esta enseñanza en el Nuevo Testamento (Morris). La posición a la diestra indica favor y autoridad (“está al lado de Dios, en el lugar de honor”, BI). La imagen se toma de la práctica de reyes de tener asesores a su lado a quienes delegan autoridad. Cranfield cita a Calvino: “no es cuestión de la disposición de su cuerpo, sino de la majestad de su autoridad”.
En este lugar de honor y autoridad Cristo intercede por nosotros (Ver Heb. 7:25 y 1 Juan 2:1-2; comp. Isa. 53:12)). Es precisamente su sacrificio expiatorio que lo califica para ser nuestro intercesor (1 Juan 2:2). De modo que tenemos aquí con nosotros al Espíritu Santo como nuestro intercesor y tenemos junto al Padre al Hijo como nuestro intercesor.
Bruce cita palabras de Juan Bunyon en su libro Gracia Abundante. En una ocasión cuando estaba preocupado pensando que no todo estaba bien con su alma, escuchó esta oración, “Tu justicia está en el cielo”. Entonces pensaba que veía a Jesús a la diestra de Dios. Dijo a si mismo:
Allí está mi justicia; de modo que dondequiera que esté o cualquiera cosa que haga, Dios no puede decir de mi que me falta justicia, porque mi justicia está allí delante de él. También vi que no era la buena condición de mi corazón que hizo mejor mi justicia, ni la mala condición que hizo peor mi justicia; porque mi justicia es Jesucristo mismo, el mismo ayer, hoy y para siempre.
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