ROMANOS 8 D. Vida en el Espíritu (8:1-39) parte V


2. Su relación familiar (8:12-17). Después de describir la dinámica de la vida en el Espíritu, Pablo se refiere ahora a algunas implicaciones de esta vida. Versículos 12 y 13 constituyen una especie de transición de la primera subdivisión del capítulo a la segunda. Se presenta el deber del creyente de hacer morir por el Espíritu las prácticas de la naturaleza pecaminosa. Versículos 14 al 17 señalan que la vida en el Espíritu lleva implícito el llegar a ser hijo de Dios con las bendiciones propias de esta relación.

12 Así que, hermanos, somos deudores, pero no a la carne, para que vivamos conforme a la carne. “Así que” indica una transición lógica hacia la implicación práctica de lo expuesto en 8:1-11 (NBE: “Resumiendo”). El uso del término “hermanos” es frecuente en Romanos (ver el comentario sobre 1:13); además de este versículo, aparece en 1:13; 7:1 y 4; 10:1; 11:25; 15:14, 30; 16:17. Cranfield cree que en cada uno de los pasajes representa un aumento del sentido de intimidad entre Pablo y los lectores (“hermanos mios”, BJ) y subraya su preocupación pastoral. El apóstol usa la primera persona y de esta manera se incluye a sí mismo en la aplicación práctica.   

El creyente tiene obligaciones, pero no debe nada a la carne. La expresión “vivir conforme a la carne” aquí traduce bien el griego y completa el cuadro de las varias expresiones que usa Pablo en este capítulo para referirse a una vida dominada por la naturaleza pecaminosa: 

(1) “andar según la carne” (8:4), 

(2) “ser según la carne” (8:5), 

(3) “tener la mente de la carne” (8:6-7), 

(4) “estar en la carne (8:8), y “vivir según la carne” (8:12). 

Para Morris es probable que el tiempo del infinitivo traducido “vivís” indica una actitud continua, la dirección esencial de una vida. Se espera que Pablo complete la oración diciendo, “sino al Espíritu para que vivamos conforme al Espíritu”. Sin embargo, Pablo interrumpe la oración para incluir la advertencia de 13a y no la completa. Debemos recordar que está dictando la carta.

13 porque si vivís conforme a la carne, habéis de morir; pero si por el Espíritu hacéis morir las prácticas de la carne, viviréis. La frase “habéis de morir” traduce una construcción verbal que enfatiza la necesidad y la seguridad de las consecuencias de vivir según la carne (“van a la muerte”, NBE). La muerte a que se refiere es muerte espiritual ya que el creyente también experimentará una muerte física (8:10). El uso de la segunda persona no debe dar la impresión de que Pablo creía que la situación que se describe aquí es la de los romanos, pero hay una advertencia seria.

Hay otra alternativa a vivir conforme a la carne y otra consecuencia que no sea la muerte. Según el léxico de Arndt y Gingrich el verbo traducido “hacer morir” puede tener (1) un sentido activo, “matar”, o (2) un sentido causativo, “entregar a alguien a ser matado”;  en el segundo sentido es especialmente aplicable a la sentencia de muerte y su ejecución. Al decir “por el Espíritu” es claro que él es el agente efectivo de la muerte. Sin embargo, el uso de la segunda persona en la expresión “hacéis morir” indica que corresponde a nosotros dar la sentencia de muerte y hacer la entrega para que la sentencia se efectúe. 

Lo que hemos de sentenciar a muerte son “las prácticas de la carne”. En realidad, el texto griego dice “las prácticas del cuerpo” (comp. “las obras del cuerpo”, BC), pero en este caso parece claro que el término “cuerpo” es sinónimo de “carne”, de modo que las versiones en general traducen “carne”. Vivir aquí no es meramente no morir, sino vivir eternamente con Dios. 

La respuesta última al problema de la carne es sentenciar a muerte cada una de sus expresiones, “sus prácticas”,  a medida que van apareciendo. Pablo ha afirmado que el creyente ha muerto al pecado (6:1), que el viejo hombre fue crucificado con Cristo (6:6) y que el hombre de pecado fue destruido (6:6). Sin embargo aquí descubrimos que quedan vestigios de la vieja vida que deben morir y que el Espíritu gustosamente es el agente de ejecución, como se ha dicho, él es “el divino verdugo”. El solamente espera nuestra sentencia de muerte y nuestra entrega de estas prácticas en sus manos para que sean aniquiladas.   

El creyente muere una sola vez al pecado al experimentar la salvación, pero tiene que hacer morir las prácticas de la vieja naturaleza pecaminosa todas las veces que sea necesario. Es precisamente porque ha muerto al pecado como fuerza esclavizante en su vida que puede hacer morir las obras de la carne. Al decir que hemos de hacer morir “por el Espíritu”  las prácticas de la carne se enfatiza que la destrucción de lo carnal en el creyente es por obra del Espíritu y no por esfuerzo propio.


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