¿Cuál es la sanidad que Dios quiere realizar en mi vida hoy?
¿Cuál es la sanidad que Dios quiere realizar en mi vida hoy?
Al volver a estudiar Marcos me ha impresionado la preocupación de Jesús por la salud de las personas. El Dios que creó todo bien desea que nosotros gocemos de buena salud. Como principio general se puede decir que la intención de Dios para el ser humano es salud y no enfermedad. Hay influencias y factores en el mundo que contribuyen a que esta intención de Dios en cuanto a la salud de las personas no se cumpla siempre. Sin embargo, Dios está constantemente buscando restaurar la salud de las personas. Leemos un relato que ilustra esta preocupación por la buena salud de las personas.
Marcos 8.22-26
“Vino luego a Betsaida, y le trajeron un ciego, y le rogaron que lo tocara. Entonces, tomando la mano del ciego, lo sacó fuera de la aldea; escupió en sus ojos, puso sus manos sobre él y le preguntó si veía algo. Él, mirando, dijo: -- Veo los hombres como árboles, pero los veo que andan. Luego le puso otra vez las manos sobre los ojos, y le hizo que mirara; y fue restablecido, y vio de lejos y claramente a todos. Jesús lo envió a su casa, diciendo: -- No entres en la aldea, ni lo digas a nadie en la aldea.” (Mar. 8:26, RVR95)¿
Marcos registra dos ejemplos de la preocupación de Jesús por la salud de las personas que no están en los otros evangelios, la sanidad del sordo y tartamudo del capítulo 7 en la zona de Decápolis y la sanidad del ciego del capítulo 8 cerca de la ciudad de Betsaida.
Los dos relatos tienen varios elementos en común. En ambos casos los enfermos son traídos por otras personas. En ambos casos los que traen a los enfermos piden que Jesús les imponga sus manos. En ambos casos Jesús lleva a la persona a parte; en ambos casos la saliva juega un papel en la restauración de la salud; en ambos casos Jesús da instrucciones para evitar que se divulgue la noticia de la sanidad.
En esta mañana enfocamos la atención en el segundo de los casos, el del hombre ciego.
Tomando como base este breve relato de cinco versículos, consideremos una pregunta. ¿Cuál es la sanidad que Dios quiere realizar en mi vida en esta mañana?
I. En primer lugar, puedo estar seguro que la sanidad que Dios quiere realizar en mi vida es la que pide mi necesidad más grande.
En el caso de este hombre su necesidad más grande era poder ver. La ceguera era un problema común en el oriente en el día de Jesús. Su ceguera inhabilitaba a este hombre para muchas cosas. Ninguno de nosotros quiere pensar en vivir la vida sin poder ver. Todos nosotros que sufrimos con cataratas empezamos a darnos cuenta cuán importante es poder ver bien.
No sabemos si el hombre había nacido ciego o si era una condición que se debía a algo que le había pasado, alguna enfermedad o algún accidente. Algunos piensan que el hecho de que después describió a los hombres como árboles que caminan es evidencia de que podía ver en algún momento de su vida. Sin embargo, podía haber tenido una idea muy general de cómo son los árboles por contacto físico con ellos, la manera común en que los ciegos adquieren conocimiento de un mundo que no pueden ver.
De cualquier manera sufría la desgracia de la ceguera y lo trajeron a Jesús. Es un momento especial en la vida de Jesús. Aumenta la oposición por las autoridades judías y corre el peligro de alguna medida por Herodes que podía resultar en un fin precipitado del ministerio de Jesús. Por lo tanto, Jesús está en una etapa cuando se aleja de Galilea para evitar problemas y para enseñar a sus discípulos en privado. En el capítulo 7 de Marcos hay una referencia a su deseo de pasar inadvertido (7.24).
Sin embargo, no puede ignorar la necesidad tan evidente del hombre. Dice el relato que lo tomó de la mano, un gesto de sensibilidad y afecto que reflejo su amor por el hombre. Lo llevó aparte quizás para evitar llamar la atención de la gente y para lograr una mejor concentración del hombre en lo que está ocurriendo y le devolvió la vista. Respondió a su necesidad más grande.
Personas desconocidas por nosotros creían que en Jesús encontrarían alguien dispuesto a ayudar al ciego y alguien capaz de ayudarlo. No se equivocaron. Llevaron al hombre a Jesús y recobró la vista. No sé cuál es su necesidad más grande en esta mañana, pero Dios lo sabe. El te ama y está dispuesto ayudarte con esta necesidad. Hay disposición y hay capacidad para hacerlo. Puedo llevar mi necesidad más grande a Jesús en la seguridad de no ser ignorado. La sanidad que Dios quiere realizar en mi vida en esta mañana es la que responde a mi necesidad más apremiante.
II. En segundo lugar, puedo estar seguro que la sanidad que Dios quiere realizar en mi vida es la que responde a mi individualidad específica.
Dice el relato que Jesús tomó la mano del ciego, lo sacó fuera de la aldea; escupió en sus ojos, puso sus manos sobre él y le preguntó si veía algo (Mar. 8.23). Lo único que se había pedido a Jesús era que lo tocara. La imposición de las manos era la manera común de realizar las sanidades. Pero en este caso particular Jesús tomó esta serie de medidas que en su conjunto pertenecen solamente a esta sanidad. Solamente un testigo ocular como Pedro pudo haber contado esta historia.
Las medidas tienen cierta semejanza solamente con las de la sanidad del sordo tartamudo de Marcos 7 y de la sanidad del hombre que nació ciego de Juan 9.
¿Por qué tomó Jesús estas medidas? Lo de sacarlo fuera del pueblo quizás era para evadir el clamor y entusiasmo de la gente o, tal vez, para lograr un contacto más personal con el hombre separado de la distracción de la multitud (Wessel, Comentario bíblico del expositor: Marcos). Se pensaba que la saliva tenía poder curativo.
El papel de la fe en las sanidades es esencial en los evangelios. En el caso de la mujer con el flujo de sangre y del ciego Bartimeo Jesús dice “tu fe te ha salvado” (5.34; 10.52). Quizás las medidas tienen como intención despertar la fe del hombre, darle elementos de apoyo para que pueda esperar que lo imposible ver otra vez sea posible. Quizás todos los gestos tienen la intención de que el hombre pueda creer en esperanza contra toda esperanza, como dice Pablo de Abraham.
Dice Calvino con respecto a estas medidas especiales: “Lo más probable es que {Jesús} lo hizo para el propósito de probar en el caso de este hombre, que tenía plena libertad en cuanto al método de procedimiento, y no tenía que restringirse a una regla fija.” (Citado por Wessell).
No hay ninguna regla fija en cuanto a la manera en que Dios sana. La sanidad que él quiere realizar en mi vida responde a mi individualidad. Dios obra en nuestra vida no según reglas fijas, sino según nuestra persona particular y nuestra situación individual. El tomará todas las medidas necesarias particulares para que mi pobre fe sea fortalecida.
Catherine Marshall en su libro Aventuras en la oración, cuenta la historia de la esposa de un renombrado periodista de Nueva York. En el libro Catherine Marshall le asignó a la mujer el nombre de Janet Ritter. Cuando tenía más o menos cuarenta años se dio a la bebida. Aunque tuvo la mejor atención profesional disponible, no tuvo ninguna mejoría. Su fracaso y la aversión que sentía hacia su persona tomaron una forma curiosa. Con frecuencia cuando su esposo llegaba hasta el departamento que ocupaban en Nueva York, la encontraba en el dormitorio, tendida inconsciente junto al placar.
Obsesionada por un sentimiento de culpabilidad cuando bebía, muy a menudo Janet decidía limpiar el placar. Se ponía a limpiarlo frenéticamente hasta caer desvanecida. Por fin este lugar dio la pauta de la liberación de Janet.
Cierto día estaba tirada en la cama librando una tremenda batalla interior. Por medio de la ayuda que le brindara la asociación de Alcohólicos Anónimos, hacía ya dos meses que no probaba una gota de alcohol. Esa mañana había sentido un ardiente deseo de tomar un trago. Sabía muy bien que una vez que volviera a gustar uno, cien más no le bastarían. “Dios ayúdame”, clamaba. “No puedo volver a defraudar a mi esposo y a mis hijos”.
En la mesa de luz que estaba junto a su cama había una Biblia con tapas de cuero blanco, casi sin usar. Ese día, empero, “por casualidad” abrió la Biblia en el Sermón del Monte. Sus ojos se posaron en estas palabras de Jesús.
“Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público.” (Mat. 6:6, RVR95)
¿Orar allí, a puertas cerradas? ¿Por qué? Janet no tenía la menor idea del por qué. Sin embargo, su cuarto y en especial el placar le atraían como un imán. Volvió a encontrarse apretada entre sus ropas. Esta vez sin embargo oraba, oraba para ser librada de su vicio.
Esta recompensa que Jesús prometió también la recibió Janet Ritter. Venció su pasión por el alcohol. Y también hubo una transformación en ella. Su personalidad adquirió un magnetismo tal que cinco años después de su muerte se le iluminaba el rostro de quienes en vida habían sido sus amigos al referirse a ella.
La sanidad que Dios quiere realizar en mi vida es la que responde a mi situación particular y mi individualidad específica.
III. En tercer lugar, puedo estar seguro que la sanidad que Dios quiere realizar en mi vida es la que restaura la salud plena.
Esta es la única sanidad registrada en los evangelios que se realiza en etapas. Jesús preguntó al hombre si veía algo. El respondió que veía a los hombres como árboles que caminan. Veía las cosas pero no claramente. Entonces dice el relato que Jesús le puso otra vez las manos sobre los ojos, el hombre fijó la vista, la visión fue restaurada y, como dice la BLA, “veía todo con claridad” o como dicen otras versiones “distinguía todo perfectamente desde lejos” (CAB, BNP). Jesús nunca deja nada terminado a medias. Lo que Jesús empieza, el termina bien. Al final el hombre pudo ver todo y claramente.
Sin embargo, en mi caso a veces me resisto a que Dios termine su obra de sanidad en mí. C. S. Lewis se refiere a lo que él llama la “Parábola de la muela que duele”. Cuenta Lewis que cuando era chico con frecuencia tenía dolor de muela. Sabía que si fuera a su madre ella le daría algo para calmar el dolor y durante la noche permitirle dormir. Sin embargo, no iba a su madre hasta que el dolor era muy grande. Había una razón porque no buscaba la ayuda de su madre. No había duda de que ella iba darle la aspirina, pero sabía que haría otra cosa. El sabía que a la mañana siguiente lo llevaría al dentista.
Decía Lewis, “No podía conseguir de mi madre lo que yo quería, la aspirina, sin recibir de ella otra cosa que yo no quería, la visita al dentista. Yo quería alivio inmediato del dolor, pero no podía recibirlo sin recibir la atención posterior del dentista para dejar bien arreglado la dentadura. Yo sabía cómo son los dentistas.”
Entonces Lewis aplica dos dichos comunes en el mundo de habla inglesa a los dentistas. Dice Lewis que los dentistas no pueden dejar descansando los perros dormidos; los tienen que despertar. Dice también que si uno les permite a los dentistas un centímetro, tomarán un metro.
Un predicador aplica la parábola de Lewis a lo que hace Cristo. Uno no puede dar al Señor Jesucristo solamente un centímetro. El va a tomar un metro y algo más. Muchos han ido a Jesús pidiendo ser curados de cierto pecado del cual tienen vergüenza o que les está molestando. Cristo puede curar a uno de este pecado, pero no va a quedar conforme con esto.
¿Qué es lo que queda por efectuarse para que mi sanidad sea completa? ¿No será esta la mañana en que debo permitir que Cristo me dé el segundo toque para completar la sanidad?
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